Desde el olvido.
Hay una persona a la que le gusta sentarse sobre una piedra a tomar el sol, cerca de una pared, al resguardo de la brisa, o en los bancos del parque, cuando sale a pasear, es mayor, está lanringectomizado, su mujer nos contó que cuando no estaba jubilado e iba a trabajar, se solían meter con él de tarde en tarde por su forma de hablar, que la gente era mala. En fin.
Especialmente dedicado a los fumadores.
Miraba el juego de los niños a través de los cristales, oía sus risas y sus gritos de júbilo y gozo ante la primer nevada, para muchos de ellos era su primera vez, su primer escalofrío.
Desde el olvido de los años, el abuelo, sentía el frío en los huesos, sus articulaciones oxidadas se volvían más perezosas con la llegada del invierno y no le obedecían sus dedos, que se le agarrotaban cual garras de pala escabadora y se negaban a cerrarse sobre la pelota de goma amarilla que el médico de huesos le había indicado como terapia a su artrosis. Sin embargo, a pesar del dolor, se sentía feliz de ver dichosos y alegres a sus nietos, correteando por sobre la hierba cubierta de copos blancos, arrojándose bolas, jugando a perseguirse por entre los pinos.
¡¡Cuidado!!. ¡¡Está detrás de ti!! grito el abuelo a su nietecilla, su preferida,- un grito que solo salió de su alma, pero que se ahogó en sus cuerdas vocales, esas ingratas cuerdas que se deshicieron, se deshilacharon bajo el bisturí de un cirujano en una mesa de operaciones después de diagnosticarle el tumor maligno.
Un día el tabaco te matará Recordó entonces las palabras de Leonor- Y estuvo muy cerca de la misma muerte, tan sólo separado por el filo de una hoja templada de acero, su vida estuvo en manos del especialista que con un bisturí le sajó el don de la conversación, el don de las palabras habladas. Las palabras de su esposa habían sido premonitorias. Fue una larga y peligrosa operación en el quirófano de una prestigiosa clínica privada, ellos tenían dinero para pagarlo, y todo salió bien, sin complicaciones de ningún tipo. Todo un éxito. Pero él había quedado sin habla. Mudo. Condenado al ostracismo del silencio. Aunque hubiese salvado su vida, su vida ahora quedó atrapada. Al principio emitía sonidos guturales horribles que le asustaban a él mismo y no podía controlar el goteo de saliva y la baba le colgaba por entre los labios. Se daba hastío a si mismo. Dejó de ser persona y optó por su retirada, por el olvido, por mirar la vida desde detrás de sus visillos, lo que esta quisiera aún permitirle continuar en pie, humillándole y burlándose de su vejez, de su caricatura de ser humano destrozado por los años y la lenta e irreversible enfermedad.
Vio como su nieta era sorprendida desde atrás por otros dos niños que le lanzaban bolas de nieve por la espalda.
Se sentía como Gregorio, la enorme cucaracha de Kafka, en la metamorfosis, olvidado por todos y con una manzana clavada en la espalda que era incapaz de arrancar con sus artríticas manos arrugadas y huesudas.
Había sido laringectomizado hacía tres años y las secuelas eran una cicatriz a cada lado del cuello y un agujero en la parte baja, un traqueostoma, por el que tenía que respirar de por vida insuflando el aire directamente a sus pulmones, sin filtrarlo ni calentarlo, proceso que realizaría una persona normal al respirar por las fosas nasales. Llevaba un pañuelo babero ó medallón para tapar el estoma, otro estigma más en su relación social, que le había recluido en el ático de su casa. Había perdido también el sentido del gusto y el del olfato, pero eso eran síntomas menores. En el silencio de su retiro había aprendido a hablar con voz esofágica, una voz ronca con muy poco tono, extraña, de gangoso de chiste, irrisoria, usando el esófago para hacerlo, inyectando a través de él el aire que le permitiera comunicarse y emitir las palabras por el estoma, el agujero del fondo del cuello, no por la boca. Acaba de cumplir los sesenta años, y en su retiro impuesto, a veces, dudaba de si mismo, de su capacidad de volver a rehacer su vida. Aún recordaba las risas y burlas de los jovenzuelos una y otra, una y otra vez, al verle un pañuelo al cuello, al verle hablar por gestos. Llegó a comprender los chistes graciosos que hablaban del tonto del pueblo, pues eso era lo que él se sentía, eso era lo que sentía que los demás pensaban al verle pasear por la calle, el tonto del pueblo, y desde entonces optó por el olvido, por el silencio, por el enclaustramiento tras las paredes de la casa.
Hacía de ello tres años.
¡¡No os metáis por entre el estanque !! gritó de nuevo desde dentro de su pecho- El estanque helado de los peces de colores, cubierto de una fina capa de hielo resquebrajadiza cubierta a su vez por otra fina de nieve que ocultaba el peligro.
Había aprendido a pronunciar la t, la p, y otras consonantes, pero su voz sonaba tan repulsiva que tan solo en soledad iba moldeando sus sonidos, tan solo en soledad y frente al espejo pronunciaba aquellas palabras de horrible tono auditivo que harían reir al burlón y llorar el amigo, esos pocos que llegado el momento, le abandonaron, visitaron al principio, pero cansados, terminaron por huir de su lado, de su mal humor, de su retiro, de su vida. Y quedo condenado al olvido, al olvido. Y ahora tan solo le quedaba su hijo, y sus nietos, con los que vivía y quienes le habían acogido con todo el cariño de una familia. Vió a su hijo recogiendo leña en el jardín para la chimenea de casa. Pensó en Leonor, y se alegró que estuviese ya muerta, se alegró que no llegase a conocerle ahora, a verle, se alegró de su muerte, porque ella se había ido con el recuerdo de un hombre íntegro y sano, nunca llegaría a conocer al hombre que era ahora, le daba las gracias a la muerte por habérsela llevado y volvió a recordar sus palabras tantas veces repetidas Un día el tabaco te matará.
Creyó oir, ya que su oído - según pensaba- se había agudizado, al perder los sentidos del gusto y el olfato, creyó oir el crujido de algo al resquebrajarse.
Desde detrás de sus visillos, vio a su nieta resbalar sobre el hielo, los demás niños ya no estaban, se dedicaban a perseguirse al otro lado, debajo de los pinos, pero ella, jugando al escondite, había resbalado sobre la capa del hielo del estanque de los peces de colores y con el golpe al caer, esta se había empezado a agrietar y con un chasquido de cristal roto abrió sus puertas al infierno helado y la niña se introdujo en sus entrañas.
El abuelo hizo gestos desesperados, abrió la ventana, palmeó, intentó llamar la atención de su hijo, que había vuelto a salir a buscar otro montoncito de leña, pero todo era inútil. No le escuchaba, no le sentía, no le intuía.
Veía a su nieta, en el agua, asomando la cabezita por entre las aguas congeladas, aterida de frío, tiritando, llorando, incapaz de chillar, y veía a su hijo colocando los trozos de leña sobre la carretilla y pensó en el silbato que le regalaron, pero estaba abajo, no había tiempo, no había lugar, y entonces lo hizo , ¡Gritó! . Era un grito sin palabras, un grito sin sentido, un grito de desesperación. Pero allá abajo, su hijo le oyó, entendió ese grito, era totalmente entendible, perfectamente comprensible, su hijo le había oído pronunciar letra a letra : ¡¡¡¡ Leonor ha caído al estanque!!!! Y su hijo no necesitó mirar hacia la ventana, no necesitó ver a su padre indicando con gestos el lugar del accidente, le había entendido, era la primera vez que había vuelvo a escuchar a su padre de la misma manera que lo hacía antes de la operación, el abuelo había pronunciado por primera vez en tres años una frase humanizada, y corrió hacia el estanque como nunca lo hizo en toda su vida y el abuelo le vio meterse hasta la cintura en el agua y sacar a su hija, estrecharla contra su pecho y regresar.
Especialmente dedicado a los fumadores.
Miraba el juego de los niños a través de los cristales, oía sus risas y sus gritos de júbilo y gozo ante la primer nevada, para muchos de ellos era su primera vez, su primer escalofrío.
Desde el olvido de los años, el abuelo, sentía el frío en los huesos, sus articulaciones oxidadas se volvían más perezosas con la llegada del invierno y no le obedecían sus dedos, que se le agarrotaban cual garras de pala escabadora y se negaban a cerrarse sobre la pelota de goma amarilla que el médico de huesos le había indicado como terapia a su artrosis. Sin embargo, a pesar del dolor, se sentía feliz de ver dichosos y alegres a sus nietos, correteando por sobre la hierba cubierta de copos blancos, arrojándose bolas, jugando a perseguirse por entre los pinos.
¡¡Cuidado!!. ¡¡Está detrás de ti!! grito el abuelo a su nietecilla, su preferida,- un grito que solo salió de su alma, pero que se ahogó en sus cuerdas vocales, esas ingratas cuerdas que se deshicieron, se deshilacharon bajo el bisturí de un cirujano en una mesa de operaciones después de diagnosticarle el tumor maligno.
Un día el tabaco te matará Recordó entonces las palabras de Leonor- Y estuvo muy cerca de la misma muerte, tan sólo separado por el filo de una hoja templada de acero, su vida estuvo en manos del especialista que con un bisturí le sajó el don de la conversación, el don de las palabras habladas. Las palabras de su esposa habían sido premonitorias. Fue una larga y peligrosa operación en el quirófano de una prestigiosa clínica privada, ellos tenían dinero para pagarlo, y todo salió bien, sin complicaciones de ningún tipo. Todo un éxito. Pero él había quedado sin habla. Mudo. Condenado al ostracismo del silencio. Aunque hubiese salvado su vida, su vida ahora quedó atrapada. Al principio emitía sonidos guturales horribles que le asustaban a él mismo y no podía controlar el goteo de saliva y la baba le colgaba por entre los labios. Se daba hastío a si mismo. Dejó de ser persona y optó por su retirada, por el olvido, por mirar la vida desde detrás de sus visillos, lo que esta quisiera aún permitirle continuar en pie, humillándole y burlándose de su vejez, de su caricatura de ser humano destrozado por los años y la lenta e irreversible enfermedad.
Vio como su nieta era sorprendida desde atrás por otros dos niños que le lanzaban bolas de nieve por la espalda.
Se sentía como Gregorio, la enorme cucaracha de Kafka, en la metamorfosis, olvidado por todos y con una manzana clavada en la espalda que era incapaz de arrancar con sus artríticas manos arrugadas y huesudas.
Había sido laringectomizado hacía tres años y las secuelas eran una cicatriz a cada lado del cuello y un agujero en la parte baja, un traqueostoma, por el que tenía que respirar de por vida insuflando el aire directamente a sus pulmones, sin filtrarlo ni calentarlo, proceso que realizaría una persona normal al respirar por las fosas nasales. Llevaba un pañuelo babero ó medallón para tapar el estoma, otro estigma más en su relación social, que le había recluido en el ático de su casa. Había perdido también el sentido del gusto y el del olfato, pero eso eran síntomas menores. En el silencio de su retiro había aprendido a hablar con voz esofágica, una voz ronca con muy poco tono, extraña, de gangoso de chiste, irrisoria, usando el esófago para hacerlo, inyectando a través de él el aire que le permitiera comunicarse y emitir las palabras por el estoma, el agujero del fondo del cuello, no por la boca. Acaba de cumplir los sesenta años, y en su retiro impuesto, a veces, dudaba de si mismo, de su capacidad de volver a rehacer su vida. Aún recordaba las risas y burlas de los jovenzuelos una y otra, una y otra vez, al verle un pañuelo al cuello, al verle hablar por gestos. Llegó a comprender los chistes graciosos que hablaban del tonto del pueblo, pues eso era lo que él se sentía, eso era lo que sentía que los demás pensaban al verle pasear por la calle, el tonto del pueblo, y desde entonces optó por el olvido, por el silencio, por el enclaustramiento tras las paredes de la casa.
Hacía de ello tres años.
¡¡No os metáis por entre el estanque !! gritó de nuevo desde dentro de su pecho- El estanque helado de los peces de colores, cubierto de una fina capa de hielo resquebrajadiza cubierta a su vez por otra fina de nieve que ocultaba el peligro.
Había aprendido a pronunciar la t, la p, y otras consonantes, pero su voz sonaba tan repulsiva que tan solo en soledad iba moldeando sus sonidos, tan solo en soledad y frente al espejo pronunciaba aquellas palabras de horrible tono auditivo que harían reir al burlón y llorar el amigo, esos pocos que llegado el momento, le abandonaron, visitaron al principio, pero cansados, terminaron por huir de su lado, de su mal humor, de su retiro, de su vida. Y quedo condenado al olvido, al olvido. Y ahora tan solo le quedaba su hijo, y sus nietos, con los que vivía y quienes le habían acogido con todo el cariño de una familia. Vió a su hijo recogiendo leña en el jardín para la chimenea de casa. Pensó en Leonor, y se alegró que estuviese ya muerta, se alegró que no llegase a conocerle ahora, a verle, se alegró de su muerte, porque ella se había ido con el recuerdo de un hombre íntegro y sano, nunca llegaría a conocer al hombre que era ahora, le daba las gracias a la muerte por habérsela llevado y volvió a recordar sus palabras tantas veces repetidas Un día el tabaco te matará.
Creyó oir, ya que su oído - según pensaba- se había agudizado, al perder los sentidos del gusto y el olfato, creyó oir el crujido de algo al resquebrajarse.
Desde detrás de sus visillos, vio a su nieta resbalar sobre el hielo, los demás niños ya no estaban, se dedicaban a perseguirse al otro lado, debajo de los pinos, pero ella, jugando al escondite, había resbalado sobre la capa del hielo del estanque de los peces de colores y con el golpe al caer, esta se había empezado a agrietar y con un chasquido de cristal roto abrió sus puertas al infierno helado y la niña se introdujo en sus entrañas.
El abuelo hizo gestos desesperados, abrió la ventana, palmeó, intentó llamar la atención de su hijo, que había vuelto a salir a buscar otro montoncito de leña, pero todo era inútil. No le escuchaba, no le sentía, no le intuía.
Veía a su nieta, en el agua, asomando la cabezita por entre las aguas congeladas, aterida de frío, tiritando, llorando, incapaz de chillar, y veía a su hijo colocando los trozos de leña sobre la carretilla y pensó en el silbato que le regalaron, pero estaba abajo, no había tiempo, no había lugar, y entonces lo hizo , ¡Gritó! . Era un grito sin palabras, un grito sin sentido, un grito de desesperación. Pero allá abajo, su hijo le oyó, entendió ese grito, era totalmente entendible, perfectamente comprensible, su hijo le había oído pronunciar letra a letra : ¡¡¡¡ Leonor ha caído al estanque!!!! Y su hijo no necesitó mirar hacia la ventana, no necesitó ver a su padre indicando con gestos el lugar del accidente, le había entendido, era la primera vez que había vuelvo a escuchar a su padre de la misma manera que lo hacía antes de la operación, el abuelo había pronunciado por primera vez en tres años una frase humanizada, y corrió hacia el estanque como nunca lo hizo en toda su vida y el abuelo le vio meterse hasta la cintura en el agua y sacar a su hija, estrecharla contra su pecho y regresar.
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